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¿Qué es la salud?

¿Qué es la salud?

La OMS lo define de la siguiente manera:

«La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

Entonces, si tienes asma y consumes fármacos que suprimen los síntomas: ¿estás sano o estás enfermo?

Vamos a un ejemplo más sencillo y cerca de los límites. Tienes fiebre y consumes paracetamol para suprimir los síntomas: ¿gozas de salud o estás enfermo?

La salud como concepto absoluto o relativo

Te desafío a que preguntes entre tus seres queridos, conocidos y compañeros de trabajo si se consideran personas sanas o enfermas.

Yo lo he hecho hace algunos años y me ha sorprendido la cantidad de personas que consumen medicamentos para aliviar dolor, alergias, diabetes o incluso psicofármacos, que se consideran personas saludables.

Sin embargo, si consideramos la salud como un concepto absoluto, se trata de personas enfermas; de alguna manera lo negamos porqué pareciera que estar enfermo está mal o es una especie de vergüenza.

Te desafío con otra pregunta. ¿Una persona con sobrepeso u obesidad está enferma o está sana? Definitivamente está enferma, pero, incluso mencionarlo, se ha vuelto políticamente incorrecto.

Durante la pandemia de COVID-19 hemos aprendido a nivel masivo que las personas con sobrepeso y obesidad tienen mayor riesgo de morir cuando padecen la infección. Lo mismo ocurre con la gripe, el asma, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares… El sobrepeso y la obesidad, además de una enfermedad en si misma, es un factor de riesgo universal.

Por eso considero que la imagen del “gordo bueno” o la “gorda feliz” como atenuantes de esta enfermedad, es completamente aberrante, distorsivo y discriminador. No hay nada malo en ser gordo y no debemos machacarnos por ello ni sentirnos menos que nadie, ¡pero es una enfermedad!

Y, como en tantas otras enfermedades, tenemos el derecho y la obligación moral, de abordar su cura. Como en tantas enfermedades, a veces lograremos restaurar la salud y otras veces no, pero reconocer nuestro estado es un punto de partida hacia una vida mejor.

Más confusión con el Covid-19

Durante la pandemia, la definición de salud quedó en un escenario aún más confuso y, a un alto porcentaje de personas portadoras del virus que no muestran síntomas clínicos, se los consideró asintomáticos.

¿Asintomáticos sanos o asintomáticos enfermos? Se los empezó a llamar enfermos asintomáticos; en mi opinión, un gran triunfo de la codicia de la gran industria farmacéutica que legitimó el tratamiento medicamentoso a personas que hasta allí se las hubiera considerado sanas. ¿O acaso habías escuchado hablar alguna vez de la gripe asintomática o la tos convulsa asintomática? Por ejemplo.

Los virus dan vueltas por nuestro cuerpo, pero a veces nos enferman porque estamos crónicamente inflamados o con las defensas bajas, y otras no porque estamos mejor preparados para repelerlos. ¡Así de simple desde hace millones de años!

También, en función de estas definiciones, se engrosaron las cifras de morbilidad y mortalidad para aterrorizar a la población y justificar el uso de pasaportes sanitarios y vacunación casi compulsiva.

En mi opinión, muy exagerado; en su lugar se podría haber mentalizado a la gente sobre la importancia de una alimentación saludable y antiinflamatoria, el uso de plantas y nutrientes inmunoestimulantes e inmunoreguladores, estimular la actividad física o el contacto con la naturaleza. Y por supuesto, poner a disposición los fármacos y las vacunas para quienes los demanden. ¡La libertad es parte de nuestro capital de salud mental!

Mi experiencia personal

En mi opinión, normalizar la enfermedad nos coloca en desventaja a la hora de definir nuestra estrategia de vida para crear salud; pareciera que bajamos el listón de nuestras expectativas y nos conformamos con llevar una vida medicalizada en la que los síntomas estén opacados.

En mi experiencia personal, con casi cuarenta años con esclerosis múltiple, siempre elegí aceptar plenamente la enfermedad y prepararme para lo peor; como resultado, estoy vivo mucho tiempo después de lo esperable, con buena calidad de vida y, pasadas algunas vueltas de los cincuenta, con las mejores expectativas.

No faltan dificultades, pero también son un desafío estimulante para redoblar los esfuerzos y las ganas de vivir.

De entrada, lo normal es que los médicos te digan “no te preocupes, la medicina avanza y todos los años salen nuevos tratamientos”. En estas décadas he visto a la gente aferrarse cándidamente a estos postulados y, mayormente, los he visto morir muy rápidamente, habiendo pasado por un tiempo de espantosa calidad de vida.

La realidad es que, tras unas respetables décadas de experiencia, ni entonces ni ahora, los viejos y los nuevos tratamientos son la gran cosa: tapa síntomas en el mejor de los casos y engaña pichangas -a veces carísimas- en otros. ¡Es la verdad!

¿Y es que la medicina natural tiene todas las respuestas y soluciones? ¡Qué más quisiera yo! Pero está basada sobre criterios fisiológicos y realistas, que vienen siendo adaptados a través de millones de años y nos permiten mucho más juego experimental con seguridad, mientras seguimos aprendiendo.

Desde ese punto de vista comprendí dos cosas:

  • En primer lugar, que estaba enfermo y tenía una enfermedad bien jodida; esta se manifestaba, como mínimo, con un mal funcionamiento inmunológico y un sistema nervioso que había sido dañado por este.
  • Pero también que había muchas partes de mi cuerpo que estaban bien y debía cuidarlas para no sumar más problemas.

Es decir, evitar, como estrategia de mínima, que las partes disfuncionales se averiaran más y cuidar como un tesoro las que estaban bien.

Con esta lógica, si mi problema fuera la obesidad, reconocería que cada gramo perdido es un poquito más de bienestar en el camino correcto; sabiendo, además, que mi corazón, el equilibrio de la glucosa o mis articulaciones ya estaban un poquito mejor protegidas.

Absoluto y relativo para empoderarnos siempre. La enfermedad no es algo malo que nos tiene que demoler anímicamente, por el contrario, es un despertador de nuestro gigante interior.

¿Por qué la medicina natural?

Ante todo, decirte que no me niego a consumir un fármaco; de hecho, hubo dos o tres momentos difíciles en los que he considerado recurrir a los corticoides; por suerte la medicina natural funcionó y los pude evitar.

Pero en dos ocasiones volaba de fiebre y tenía que dar conferencias ante un gran público; me tomé unas aspirinas, sobreviví al momento y luego me fui a descansar como Dios manda y dejar que la fiebre haga su trabajo. Hoy tengo más recursos y conocimientos y posiblemente no serían necesarias, pero no cierro la puerta; el fanatismo deteriora la inteligencia.

¡Ojo, soy un duro que aguanta y se hace cargo de sus decisiones! Cada uno tiene sus tiempos únicos.

Pero la medicina natural, a través de la alimentación, las plantas, los nutrientes, el contacto con la naturaleza, la actividad física, la relajación o algunas terapias alternativas incluso sin base científica pero que subjetivamente me sientan bien, es un camino seguro, confortable y respetuoso del templo de mi cuerpo.

Se que, gracias a ella, difícilmente crearé un problema adicional; también que el 99% de sus recursos son inocuos y de uso universal; lo que define una estrategia para combatir la enfermedad o para crear salud es la intensidad y el rigor con que se aplica. Por algo la sabiduría popular afirma “mejor prevenir que curar”.

Y si el camino se presenta abrumador: un paso a la vez.

Nuestra mirada define como nos paramos ante la salud y la enfermedad; esta puede empoderarnos o debilitarnos, guiarnos hacia la búsqueda de mejores recursos o definir nuestra impotencia en los escenarios difíciles.

Luego hay que andar el camino, por supuesto. Cada uno empezará su viaje desde donde esté, pero para no perdernos antes de empezar, debemos saber a dónde estamos parados.

Pablo de la Iglesia

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